martes, 17 de abril de 2018

La elección del fauno

Dicen que no se elige a la familia. Puedes elegir pareja, amigos, empleo, corte de pelo... pero jamás elegirás a la familia.

Naces en un seno familiar que te marcará para siempre y del que no acabes de huir. En cierto modo la locura siempre se presenta en las personas a las que crees más severas.
Yo, maestro, le elegí a usted como padre, elegí a la historia y a su eco como mis hijos, elegí a mis amigos como hermanos y rechacé de frente las teorías genéticas que me cosen a seres que por mucho que se aproximen siempre estarán a miles de kilómetros de mi espíritu.

Recuerdo cuando pasamos la tarde en aquel lugar del norte, el mismísimo viento se congelaba y se sentían sus quejidos. Luchaba contra el resto de los elementos en una suerte de batalla cíclica. Ahí comprendí la importancia de la simbología. Esa anciana nos servía té caliente y el sonido del agua sobre la taza, la oquedad de la tetera resonando con el asa de la taza y mi mente se nublaba, apenas podía vislumbrar algo porque el recuerdo vívido de Samara me aceleraba el pulso.

Aquella anciana estaba sola, depreciada por la edad y abandonada a su suerte pro aquellos a los que crió. Nosotros cortamos leña para ella, reparamos su hogar, vallamos su jardín, reforzamos las entradas y le trajimos víveres para que resistiera a la tentación de cruzar el río. Le hicimos compañía en mitad de la nada, con el vecino más próximo a miles de kilómetros. Fuimos cariñosos y amables: ella lo fue con nosotros, pero aún así yacía compungida cada día porque aquellos a los que crió, miserables e inexcusables, ya nunca volverían.

La esperanza ya no pasaba por aquel camino, se perdía entre las arrugas de su cara por las que fluía una corriente de amargura insostenible. En cada gesto notabas que le dolía la vida, que le pesaba el tiempo. Voluntariamente acortaba sus días para pedir a la muerte que la alejara de la realidad. Sus hijos se habían llevado con ellos a su madre, al menos, las ganas de vivir de ésta. Ya nunca volvería a sonreír. Nunca pudimos, ni tan sólo por un instante, suplantar a aquellos malnacidos.

Quizá la familia no se elija, o más bien, tenga que ver con un instinto primitivo que aún mora en nosotros. De cualquier manera, las decisiones se mantienen hasta las últimas consecuencias. Eso me decía mi padre.

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